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Diamantes de Cempaka

Diamantes de Cempaka

Castellano: https://www.catalunyapress.es/texto-diario/mostrar/2093547/diamantes-cempaka

Català: https://www.catalunyapress.cat/texto-diario/mostrar/2094941/diamants-cempaka

 

Crónicas de un viajero. “Lo que anida en mi cerebro” 

Diamantes de Cempaka

Isla de Kalimantan, Indonesia

 

Pasé la noche sentado, con los ojos abiertos y el ánimo encendido, frente a un cajero automático del aeropuerto internacional de Yakarta. Se había tragado, de un solo bocado, mi tarjeta bancaria y con ella, mi plan de coger un vuelo que salía hacia Denpasar, en la turística isla de Bali. Pretendía recuperar el aliento después de un “sin parar” por el inacabable archipiélago indonesio. Me veía tumbado sobre la arena blanca de la paradisiaca playa de Kuta mirando el cielo vestido de azules, sumergiéndome en las aguas turquesas del índico y bajo las de una ducha decente que, desde hacía días y me avergüenza decirlo, me reclamaba el cuerpo.

“Buena suerte, mala suerte, quién sabe”, respondía a este dilema un granjero chino. Como sé, porque tengo una edad, que las súplicas y patadas al metálico empleado bancario no iban a servir más que para empeorar las cosas decidí, muy a mi pesar, adoptar una actitud vigilante y entretenerme dándole vueltas a cuál podría ser mi destino alternativo. Los ánimos, la fuerza y en general la vida, no la recuperas tendido en un charco de lágrimas o aspirando talco, sino de pie y como escribió Machado, “andando”. Sin camino no hay vida y aunque a veces no sea tan placentero como el que vimos en el artículo anterior, al final, sembrando andares acabas recogiendo flores en primavera. 

El problema con el Tragatarjetas se resolvió a las ocho de la mañana por los técnicos del servicio. El del destino, dos horas después, cuando “pájaro en mano” me vi sentado en un vuelo económico de Lion Air que se dirigía a la isla de Borneo, o Kalimantan, como me gusta llamarla por no estar tan manoseado su nombre. Caminar por el cielo siempre me ha gustado. Me deleita acariciar los perfiles azucarados de las impolutas nubes, separarlas y ver un mundo distinto, en paz y en armonía, de igualdad en la diversidad, donde se promueven los valores humanos y se respetan por encima de todas las otras cosas, en el que… Un “abróchense los cinturones” en un indonesio cerrado que no entiendo, tampoco el abierto, interrumpe mi ensimismamiento y me pone de patitas en Banjarmasin, la capital del sur de la isla de Kalimantan. Los atractivos de esta localidad y los de su rio Barito son tantos, que dejaré los comentarios para otro artículo y me ceñiré al que hoy nos ataña.

En Banjarmasin es fácil encontrar un conductor de monovolumen que, por unas 175.000 rupias, te lleve a Martapura, “la ciudad de los diamantes”. Tal fajo de billetes hace que se te caigan las lágrimas al soltarlo, a pesar de que sabes que tan solo son 10 euros. Las minas y el pueblo de Cempaka están a unos veinte kilómetros de Martapura y si lo que quieres es campar por tus fueros, sin prisas ni agobios y husmeando cada centímetro de terreno, lo mejor es alquilar una motocicleta. Conduce sin preocuparte y deja que el viento juegue con tus cabellos porque el neumático, como hizo Hansel y Gretel con las "migas de pan", dejará esparcidas en el camino de tierra las huellas que te facilitaran el regreso.

Ya estoy allí, en Cempaka, a pie de mina, “un lugar cuyo nombre siempre voy a recordar” escribiría Cervantes si me hubiera acompañado, abrazado a mi cintura, en el asiento trasero de la motocicleta. Me emociono. Mis párpados se abren tanto que casi pierdo los globos oculares contemplando todos los “sienas” incrustados en el rostro de Agung, un joven de no más de dieciocho años que sale a mi encuentro. Se acerca con una incipiente sonrisa que nace en la comisura de sus labios y yo, me quedo pasmado al ver el primer diamante, lucía resplandeciente en los palacios de su mirada y era más grande que el histórico Trisakti que, según cuentan, alcanzaba el tamaño de un huevo, de ave.

Treinta metros por debajo de nosotros unos jóvenes y otros que no lo eran tanto chapoteaban como críos en piscinas de barro. Iman y Raja, removían con pies y manos las aguas y la bombeaban hasta un cedazo cuya función era la de retener las partículas en las que esperaban encontrar el tesoro codiciado; la mitad del cuerpo de Kuwat quedaba oculto en el fango, parecía una escultura de arcilla bajo el sol de la Toscana. Con su mano derecha bateaba el líquido y el sarro vertido en un recipiente cónico de caucho. En el cuenco de su otra mano, buscaba el centelleo de la suerte con los ojos afilados; Guntur, vestido con traje de pañobarro y cansancio, se perdía en ensoñaciones entre el humo de un cigarro; Eko, con no más de quince años, me saluda con su sonrisa y se despide con la palma de su mano abierta y los dedos arrugados. No me siento cómodo con mi indumentaria de viajero occidental privilegiado, con mis ojos avizores, con mi máquina de fotos y mis saludos entrecortados. Es el momento de irme y el de ellos, el de seguir en el barro. Antes de partir, en un chamizo destartalado, veo a un joven sentado bajo palio como el generalísimo y los papas del Vaticano. Me mira de soslayo mientras arrebaña con los dedos el arroz teñido de ocres que trajo de casa en un plato de papel arrugado. Arranco la moto y parto, con el alma encogida por llevarme tanto por nada.

A ambos lados de una estrecha carretera tapizada con las pisadas de los mineros, encuentro sus casas de madera envejecida con tejados de uralita, la que nosotros nos quitamos de encima por ser cancerígena. Los niños, unos en chanclas y otros descalzos, salen a saludarme ataviados con su generosa sonrisa, sus angelicales gestos y sus largos abrazos. Otros, sentados en los porches junto a sus madres, se lavan en palanganas de plástico mientras las gallinas corretean plumeando sus pensamientos por todos lados. He repasado, una y otra vez, todas las fotos que tomé y os puedo asegurar, que en todas y cada una de ellas encuentro lecciones magistrales de cordialidad y afecto. Mortecinas y recelosas caras largas caminan en procesión por las calles de muchas de nuestras ciudades y pueblos.

Acabo este artículo y me despido de vosotros sin hablaros de Martapura, de sus tiendas de diamantes, de sus comerciantes y sus traficantes con cara de “rupia”. Hoy, no quiero que la codicia y la ostentación eclipsen, ni siquiera por un instante, la amable sonrisa de los embarrados mineros de Cempaka. ¡Qué lección de humanidad más grande!

Querido lector y amigo, en el segundo párrafo de este artículo mencionaba la buena y la mala suerte. Ahora, al acabarlo, os puedo asegurar que mi suerte, cuando el cajero del aeropuerto se tragó mi tarjeta, fue “la buena”. Aquellos que dispongan de tiempo y quieran visualizar lo escrito, pueden hacerlo en la página https://youtu.be/y3A7hXZ9zAU de mi libro de humanidades o en el video y fotos que os adjunto.

 

 

 

 

El primer viaje

El primer viaje

Castellano: https://www.catalunyapress.es/texto-diario/mostrar/2082495/primer-viaje 

Català: https://www.catalunyapress.cat/texto-diario/mostrar/2082499/primer-viatge

 

Crónicas de un viajero. “Lo que anida en mi cerebro

El primer viaje.

 Me abrí paso, a codazos, entre los viajeros que aspiraban a ocupar la única plaza de un angélico vuelo que esperaba impaciente la llegada del privilegiado pasajero. Yo, era uno más entre los que corrían agotado por tanta noche de lujuria y desenfreno. Mi lamentable estado me hacía ver miles de adversarios, qué digo, millones, y todos con el mismo objetivo: “una plaza para el viaje más singular de la vida”. Algunos, desanimados, desistieron en el intento. Otros, tuvimos que superar numerosos obstáculos, transitar por cauces angostos y soportar las agresiones de los guardianes del destino. Sin ánimos de presumir ni de atribuirme méritos que no tengo, fue ese rasgo de mi incipiente personalidad, la picardía, la que zigzagueando por el oscuro sendero me ayudó a alcanzar la meta codiciada. La otra parte de mí, la que me ha dado figura y compostura para tan largo viaje, me esperaba en la pasarela de embarque y quiso el azar que fuese yo y no otro el que, con el abrazo divino, me convirtiese en la unidad absoluta e indivisible que hoy sigue caminando por los senderos de este mundo.

Nueve meses duró el viaje por los mares del silencio. Era tan pequeño y tan tierno, que todavía no disponía de las palabras para describir las infinitas sensaciones y experiencias que viví en aquellos momentos. No las tenía para etiquetar los hechos y es solo por eso, que no puedo estirar de ellas para recordar y contaros, con detalles, ese primer viaje que anida en las profundidades de mi cerebro. Pero sucedió y hoy convive, en las cavernas del silencio, con los instintos más básicos heredados de mis ancestros.

La única estrategia que puedo utilizar para acceder a los hechos que acontecieron en aquel trascendental viaje, es el análisis comparativo entre lo que debí sentir y las numeras experiencias de todos los colores, formas y tamaños que he tenido al caminar por la vida con el ánimo encendido y los ojos abiertos. Cuando me pongo a ello, noto como mi cuerpo se curva bajo las sábanas hasta casi alcanzar la postura de un feto. No tardo en volver a sentir la calidez de las plácidas aguas de los mares del silencio mientras una luz tenue y tamizada congrega, en un solo ver, el ocaso y el alba. Vuelvo a sentir como una llama ambarina y sublimes aromas encandilan mis sentidos, manteniendo apaciguada la sed, el hambre, el sexo y mis instintos malévolos. Sobre la piel, rosada y tierna, siento de nuevo las armónicas palpitaciones de un corazón inquieto. Su dulce melodía se concentra y se expande sembrando de felicidad todos lodos los rincones del alma. En un lugar de mi mente, en el que anidan los recuerdos que no recuerdo, quedó tatuado este mensaje en el silencio: “Viajero privilegiado, conociste la felicidad absoluta y disfrutaste de un amor inmenso. No volverás al paraíso, pero puedes buscar en el viaje de tu vida todo aquello que te haga merecedor del regalo que recibiste, tu existencia”

Nunca, en ningún otro viaje, he sentido ni sentiré placer tan intenso. Sé, porque estoy cuerdo, que no volveré al paraíso que perdí, pero fue tan especial ese destino que hoy, cumplidos los setenta, sigo buscando en todos los lugares y momentos experiencias que me recuerden que fui inmensamente feliz sin saberlo. Agradezco a mis padres y al Supremo Hacedor, que cohabitan en paz y armonía esperándome en los confines del universo, la oportunidad que me dieron de hacer ese primer viaje para conocer el cielo. De allí vengo.

Querido lector y entrañable compañero, buscas insistentemente la felicidad porque la tuviste. Tú también hiciste ese viaje.